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Historia

PRIMEROS PASOS

Styvens Barrios nació el 14 de septiembre de 1995 en el seno de una familia humilde de un barrio de la Ciudad de Guatemala. Sus padres, como trabajadores informales, lucharon siempre por brindar a sus hijos una vida digna de acuerdo de a sus posibilidades.

Desde muy temprano mostró un fuerte interés por la música. A los 8 años inició su exploración musical, aprendiendo a tocar la batería en la iglesia a la que asistió con su madre, y luego aprendió a tocar la flauta dulce en el colegio.

Su personalidad calmada y callada le hizo blanco de abusos verbales y físicos en la escuela. Estos problemas, y el constante cambio de ambiente escolar, provocaron inestabilidad en su vida social y emocional. Sin embargo, pudo tener momentos de alegría y paz esporádicos gracias al contacto con la música y la naturaleza. Paradójicamente, encontró motivación en el sufrimiento que su propia tristeza causó a sus padres, lo que lo empujó a luchar por su propia felicidad.

¿CÓMO INICIÓ TODO?

A finales del 2010 surgió una luz de esperanza que lo encarrilaría hacia una mejor vida. Su hermana mayor había escuchado de un curso de vacaciones de canto en la Escuela Municipal de Música (EMM) y sabiendo del gusto por la música de Styvens, se lo contó. Quedó ilusionado y decidió audicionar para entrar al curso. Estudió con empeño el repertorio que evaluarían y logró su admisión. Empezó a divisar un camino alternativo, uno de sanación. Todos los días despertaba con francas ganas de hacer música, y cada que entraba al salón de clases sentía que era ahí a donde realmente pertenecía. El curso culminó con un concierto de inauguración de la 6a. Avenida peatonal de la Zona 1 capitalina, junto a la Orquesta Juvenil Municipal. Esta primera experiencia seria se sintió como un salto en la dirección correcta, un giro de 180 grados. Al año siguiente logró ser inscrito en la EMM como estudiante regular de canto.

No pasó mucho tiempo antes de que el horario de clases se convirtiera en una dificultad para estudiar música. Su madre propuso cancelar los estudios musicales pero Styvens se opuso a la idea. Ya su mundo había cambiado y no quería dejarlo ir sin luchar y decidió transferirse a clases de instrumento. En un principio no estuvo del todo contento, ya que le gustaba mucho el canto. Eso cambió el mismo día de la re-asignación cuando, subiendo por las gradas hacia la oficina de música, escuchó un sonido que le pareció de los más bello que había escuchado jamás.

Aquello era un sonido que traspasaba su ser y que conectó dentro de él. Le impresionó tanto la hermosura de aquel sonido. que se sintió profundamente intrigado. Sin poder ignorarlo se sintió obligado a buscarle. Siguió y halló la fuente de aquel sonido, y al ver por primera vez el violoncello, se enamoró ipso facto. Supo en ese mismo instante lo que quería hacer por el resto de su vida, así como su propósito de existir. Ese encuentro definió para siempre su futuro.

EL MOMENTO LLEGÓ

El principio de su carera como violoncellista fue un poco tropezado. En la EMM prestaban los instrumentos a los estudiantes para que los pudieran aprender y estudiar sin tener que comprar el instrumento ellos mismos. A todos los instrumentos les faltaban partes. El cello que Styvens recibió no tenía cuerdas, así que sus padres tuvieron que comprarlas. Cuando pudieron obtenerlas, el puente que levanta las mismas se soltó y se rompió. Tuvo que conseguir entonces un nuevo puente y, cuando éste ya estaba listo, una pieza fundamental que sostiene las cuerdas, cedió. Todos estos percances retrasaron el verdadero inicio de su aprendizaje, hasta que un 28 de junio del 2011 el instrumento estuvo listo y pudo finalmente empezar a aprender.

Su sueño sigue siendo el de seguir haciendo música por el resto de sus días. Sueña con compartir el arte que tanto le lo llevó a la emancipación de los primeros años turbulentos y que lo ha ayudado a ser un mejor ser humano para la comunidad, para la naturaleza, para el mundo, y para sí mismo.